domingo, 27 de mayo de 2018

Reseña literaria VI: El club de los enigmas - Isaac Asimov.


En contexto

Adquirí El club de los enigmas en 2010, año en el cual todos mis esfuerzos y mi concentración estaban enfocados en el trabajo que me daba de comer. En mis días libres, los miércoles, salía a dar vueltas por el barrio de Chacarita (Ciudad de Buenos aires), donde residía en ese momento. Primero buscaba un lugar para almorzar, luego iba a mi librería favorita del barrio, y luego me iba a tomar un café mientras leía alguno de los libros que acababa de comprar. Reconozco que en ese momento no conocía a su autor, Isaac Asimov, y que solo compré el libro porque me llamaron la atención su portada y el título. Y también debo reconocer que lo compré con la intención de regalárselo a una amiga, pero por algún motivo me lo terminé quedando. Hasta que cuatro años después decidí que era momento de leerlo.



Este libro fue leído en su totalidad en la vía pública. Lo abría en la línea B del subte, cuando volvía del trabajo, y no dejaba de leerlo hasta llegar a mi casa, en el barrio de Villa Urquiza. Incluso lo iba leyendo en la calle, mientras caminaba dando pasos muy lentos hasta llegar a destino.

miércoles, 25 de abril de 2018

viernes, 30 de marzo de 2018

Poveglia, Epochal y Neantere en Casa Rincón: Crónica y cobertura fotográfica.


Casi bajo la autopista 25 de Mayo, medio oculta medio a la vista, sobre la calle del mismo nombre, se encuentra Casa Rincón. Como su nombre lo indica, por fuera, realmente parece una casa. Hasta allí llegamos Cherry y yo, poco antes que el reloj dé las 22:30 hs. Tocamos timbre y pasamos de una. Y remarco “De una” porque, un poco por costumbre y otro poco por distraídos, nos encaminamos hacia adentro sin anunciarnos y sin pagar la entrada, solo saludando al boletero. Segundos después nos vino a preguntar, muy amablemente, si estábamos acreditados. Fue ahí que caímos. Pero bueno, le dijimos nuestros nombres y no hubo problema. Entonces, desde este lugar, le pido nuevamente disculpas por esto.

Ya dentro del recinto, nos encontramos con poca gente, entre ellos los músicos de Poveglia, Epochal y Neantere, las tres bandas que nos iban a deleitar los sentidos esta noche. Y acá tengo que subrayar “los sentidos”, porque se trata de bandas que transmiten mucho más que vibraciones sonoras.

A medida que fueron pasando los minutos, más gente comenzó a llagar. Hasta que, a las 23:30, con el bajista en las sombras y el resto de la banda iluminada (por las luces, no por un ente imaginario, claro) Neantere, un trío de Post Rock, como se definen ellos, abrió esta hermosa fecha. Yo me acerqué hasta el escenario para segundear a Cherry con el vaso de birra, y allí me instalé, en una de las sillas que, más allá de que me moleste que estén tan cerca del escenario, finalmente terminé ocupando.


Neantere experimenta un sonido climático, logrado a través de una guitarra ambiental, con solos épicos, no por extraordinarios ni mucho menos, sino por llevarme audiblemente a los tiempos de la epopeya heroica. El sonido más denso y pesado es canalizado mediante el bajo y la batería, dando por resultado final esta simbiosis entre ambiental y rockera.


Esta se trata de la segunda vez que veo en vivo a esta banda, pero de la primera vez que logro apreciar su música de esta manera. ¿Será porque aquella primera vez no estaba concentrado, ansioso por la llegada de la misma banda que viene a continuación? Es probable.

El primer break de la noche llegó, y con él, también llegó el "hombre de la escalera". Bien podría tratarse de una película argentina de los años 50, pero no, se trata de quien se encargó de reparar el reflector que había sumido en las sombras al bajista de Neantere.

Sigue Epochal. Mi ansiedad me empieza a hacer temblar la pierna derecha mientras que me obliga a ingerir algo de alcohol.

Está empezando Epochal, la ansiedad crece.

Mi amigo Nico está acá al lado. Esto recién empieza, pero ya quiero que tenga las mismas sensaciones que yo tuve al presenciar por primera vez un show de ellos, allá por Agosto del 2016. Quiero que sienta eso que yo sentí y que luego me llevó a hacerle escuchar Awakening (2016), el disco de esta banda, para que la flashee. Me sentí como alguien cuando hace un regalo y no quiere que a la otra persona solo le guste, sino que le encante y que hasta le cambie la vida, por más exagerado que suene.
Es apenas la tercera vez que los veo en vivo. Pienso… si, por más loco que suene, es apenas la tercera. Pero es la primera vez que su música está acompañada por proyecciones. Me llevó unos minutos percatarme de ello porque, con el sentido de la audición, ya me alcanza para disfrutar, entonces cierro los ojos y me pierdo en los mundos que su música me hace imaginar. El arranque tuvo algún que otro desperfecto técnico, que para nada fue un problema mayor.


Daniel Bermúdez (Guitarra) presentó a la banda. “En el bajo, detrás de todo ese pelo está Nico Giorgetti.” Luego señala a Gustavo Cirigliano (Guitarra) “Gustavo jugando con los pedales” “…y Guille Carpintero en la batería.” Prosigue. 
Ellos, señores, son Epochal.

“Este es un tema nuevo, así que no podemos fallar” Dice Daniel.

Oigo un sonido de música clásica. Ni siquiera alcanzo a distinguir qué es, pero lo asocio rápidamente. Le pregunto a mi amigo “¿Que mierda es eso?”Es un convertidor de sonido” Me responde. “Ah” Le digo, y agarro mi celular para anotarlo.


El viaje siguió con Truth y Reality (Esta es la primera vez que nombro alguna de sus canciones ya que, para mí, Epochal, mejor dicho, su disco Awakening, es una obra completa indivisible, por llamarlo de alguna manera. Es decir, no reconozco canciones, solo viajo fuera de mi ser con esas melodías sin etiqueta.

Luego de tocar otras interpretaciones terminó su show que estuvo acompañado por una proyección de, por lo que alcancé a escuchar, una película perteneciente al expresionismo alemán. Cosa que nunca confirmé.


sábado, 28 de octubre de 2017

Reseña literaria V: La tregua - Mario Benedetti.

En contexto

A veces, cuando me aburro del encierro, se me da por salir a caminar la hermosa ciudad de Buenos aires. Si llevo plata encima y me agarran ganas de leer algo, o mejor dicho de descubrir una nueva lectura, ya que si fueran solo ganas de leer agarraría el libro de turno de mi mochila, me paro frente a los puestos de diarios y elijo lo que más me llame la atención.

El año pasado, no recuerdo bien la fecha, en una de mis escapadas nocturnas pasé por un puesto que tenía, entre tantos otros libros, una colección de Editorial Planeta de Mario Benedetti, un autor que no había leído antes. El gran abanico de posibilidades se había achicado a un solo autor. Solo me quedaba elegir un título.

Después de leer varias sinopsis, entre ellas estaban Adioses y bienvenidas, La borra del café, Montevideanos y el que finalmente compré: La tregua.
Primeramente, me atrapó el argumento, pero debo reconocer que antes de leer la sinopsis ya me había enamorado de la portada.

Lo leí en cuatro o cinco días (No soy una persona que termine un libro en un día, por más corto que sea). Pero al momento de decidirme por hacer esta reseña tuve que releerlo para refrescar mi punto de vista y mi crítica.

La tregua es una novela corta escrita por el uruguayo Mario Benedetti. Fue publicada en 1960 y llevada al cine en 1974. La adaptación cinematográfica argentina estuvo nominada al Oscar en la terna de Mejor película extranjera.
En México, en el año 2003 tendría su segunda adaptación al cine.


Reseña

En cuanto a la obra en sí, tengo que decir que me atrapó al instante. La historia es simple y no pretende ser mucho más, pero está bien contada por un autor que sabe describir muy bien lo abstracto y sabe meternos en la piel de un personaje. Al menos yo me sentí muy identificado con este, por lo que se me hizo fácil empatizar con él.

La novela está escrita en primera persona a modo de diario. Su narrador es el mismísimo protagonista: Martín Santomé, un oficinista viudo de cincuenta años y con tres hijos ya adultos que está próximo a jubilarse y ve como su vida está sumida en la monotonía. Es este el motivo que lo impulsa a registrar cada día con lápiz y papel.

Mario Benedetti

La historia nos mete en la piel de un hombre que está perdiendo la motivación y hasta los recuerdos de la felicidad, como el rostro de su difunta esposa, por ejemplo. Su vida se resume en la oficina, la pasividad de su hogar y la taza de café que sirve de excusa para desconectarse un rato mientras solo ve a la gente pasar por la vereda.

Su vida transcurre de esta forma hasta que conoce y posteriormente se enamora de Laura Avellaneda, una joven muchos años menor que él. Pero este no es obstáculo para esta fuerza mayor.
Algo que me hubiese gustado es que se profundice un poco más en las relaciones de Santomé con sus hijos, pero evidentemente el hecho de que no haya sido así, es también un punto buscado por el autor.
Leí muchas críticas negativas con respecto al final. Pero ¿Qué puedo decir? A mí me encantan los finales elípticos.

Mi peor crítica para esta edición no tiene que ver con la obra en sí, sino con la misma edición de editorial Planeta, ya que su prólogo prácticamente nos revela los detalles más sobresalientes de la novela. Un error que solo se puede esperar de una mala reseña literaria, pero no del mismísimo prólogo del libro. Por esta razón, si van a comprar la edición de Planeta, recomiendo saltearlo e ir directo a la historia que no tiene desperdicio.

Para cerrar, los dejo con estos tres pasajes extraídas del libro.

“Lo qué uno quiere de verdad, es lo que está hecho para uno; entonces hay que tomarlo, o intentar: en eso se te puede ir la vida, pero es una vida mucho mejor...”

“Tengo la horrible sensación de que pasa el tiempo y no hago nada y nada acontece, y nada me conmueve hasta la raíz”

“La seguridad de saberme capaz para algo mejor, me puso en las manos la postergación, que al fin de cuentas es un arma terrible y suicida”


Recomiendo leer 8/10

jueves, 5 de octubre de 2017

#1: En la cima





Soy un hombre que ama la naturaleza. Un oficinista que prefiere viajar kilómetros y kilómetros en busca de aire fresco, dejando atrás el agobio y el stress que me producen ésta gran metrópolis. Nunca estuvo en mi cabeza subir solo unos pisos para sentir la brisa del viento en la terraza de éste edificio. Pero hoy, habiendo llegado a mi límite de presión, subí guiado por una fuerza mayor que, a contrapartida, me dio la oportunidad de apreciar la hermosa vista que se logra desde acá.
Desde acá la gente parece una colonia de hormigas despreocupadas que camina libre de su reina. Los ibirapitá y los jacarandás son unas hermosas manchas verdes con florecientes detalles violeta y amarillo que inundan de vida el parque. El lago parece una acuarela que el sol transforma en un reflectante espejo de dimensiones titánicas.

La vida es arte, solo que no todos somos buenos espectadores. Sin embargo, me debo estar perdiendo de cientos de detalles debido a que los seres humanos no fuimos agraciados con la vista de un águila. Pero la belleza que alcanzo a ver es vasta. La vida es algo tan preciado cuando aprendemos a percibir la infinita belleza que la madre naturaleza guarda para nosotros.

Mi reflexión, tan profunda y sanadora es interrumpida cuando veo asomarse a un hombre por el balcón del edificio de en frente. Noto que mira hacia abajo. ¿Qué pensará? ¿Podrá, al igual que yo, apreciar la belleza del mundo desde lo alto?

Me sorprendo cuando veo que se sube al barandal y se sienta allí. ¿Se irá a arrojar? Acto seguido mira hacia abajo, luego levanta la cabeza y me ve. ¿Lo hará ahora que me vio? ¿Tendrá la posibilidad de recapacitar ahora viendo la vida desde otro plano? ¿Tendrá el coraje de hacerlo? ¿Será el también un cobarde?

Quien sabe lo que se le cruzó por la cabeza. Solo cerró los ojos y se dejó caer.

Y yo que toda la vida había creído estar solo en este mundo... es una pena que, justo en este día, haya encontrado a alguien como yo.