Por primera vez un cuento de mi autoría es publicado por una revista. ¡Entrá al link y enterate de qué se trata!.
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miércoles, 25 de abril de 2018
jueves, 5 de octubre de 2017
#1: En la cima
Soy un hombre que ama la naturaleza. Un oficinista que
prefiere viajar kilómetros y kilómetros en busca de aire fresco, dejando atrás el
agobio y el stress que me producen ésta gran metrópolis. Nunca estuvo en mi
cabeza subir solo unos pisos para sentir la brisa del viento en la terraza de
éste edificio. Pero hoy, habiendo llegado a mi límite de presión, subí guiado
por una fuerza mayor que, a contrapartida, me dio la oportunidad de apreciar la
hermosa vista que se logra desde acá.
Desde acá la gente parece una colonia de hormigas
despreocupadas que camina libre de su reina. Los ibirapitá y los jacarandás
son unas hermosas manchas verdes con florecientes detalles violeta y amarillo
que inundan de vida el parque. El lago parece una acuarela que el sol
transforma en un reflectante espejo de dimensiones titánicas.
La vida es arte, solo que no todos somos buenos
espectadores. Sin embargo, me debo estar perdiendo de cientos de detalles
debido a que los seres humanos no fuimos agraciados con la vista de un águila. Pero
la belleza que alcanzo a ver es vasta. La vida es algo tan preciado cuando
aprendemos a percibir la infinita belleza que la madre naturaleza guarda para
nosotros.
Mi reflexión, tan profunda y sanadora es interrumpida
cuando veo asomarse a un hombre por el balcón del edificio de en frente. Noto
que mira hacia abajo. ¿Qué pensará? ¿Podrá, al igual que yo, apreciar la
belleza del mundo desde lo alto?
Me sorprendo cuando veo que se sube al barandal y se sienta
allí. ¿Se irá a arrojar? Acto seguido mira hacia abajo, luego levanta la cabeza
y me ve. ¿Lo hará ahora que me vio? ¿Tendrá la posibilidad de recapacitar ahora
viendo la vida desde otro plano? ¿Tendrá el coraje de hacerlo? ¿Será el también
un cobarde?
Quien sabe lo que se le cruzó por la cabeza. Solo
cerró los ojos y se dejó caer.
Y yo que toda la vida había creído estar solo en este
mundo... es una pena que, justo en este día, haya encontrado a alguien como yo.
lunes, 12 de junio de 2017
Las aventuras de Pompeya: Parte II
El reloj de pared, del que había estado pendiente
durante la última media hora, dio las nueve. Totalmente hecho mierda finalizaba
otra noche de arduo entrenamiento en el gimnasio y en el ring.
A cuatro meses de haber empezado a tomar clases de
boxeo me sentía más ágil que Dhalsim. Sentía, además, que había adquirido una
gran fuerza y veloces reflejos. Ansiaba poder encontrarme frente a una
situación propicia, ante la provocación de algún desafortunado e irascible
transeúnte que me dé la oportunidad de demostrar la dureza de mis golpes, la
velocidad de mis piernas y mis infalibles reflejos. Debo reconocer que he
llegado a provocar a más de uno amparado tan solo por una tonta excusa. Como
aquella vez en Puerto Madero que me puse a mear los candados ante la mirada de la
feliz pareja acababa de colocarlos como símbolo de su unión. Pero nunca nadie,
ni siquiera aquel feliz novio, tuvo la desgracia de reaccionar.
Aquel día sería la excepción ya que no me encontraba
con las fuerzas necesarias como para buscarle pelea a alguien. No estaba en
condiciones de soportar un golpe, ni siquiera de lanzar uno.
Saqué mi mochila del locker y sin más vueltas, sin siquiera darme una ducha, me despedí
de mis compañeros y del entrenador. Solo quería llegar hasta la comodidad de mi
hogar, ducharme y descansar.
Emprendí, como siempre que volvía a pie, el camino más
largo, pero menos transitado de todo Pompeya. Alrededor de la quinta manzana, a
medida que me acercaba a una esquina, comencé a escuchar voces algo subidas de
tono. Me reposé contra la pared y me acerqué lo más que pude. Supuse que se
trataba de una discusión. Lo comprobé luego de escuchar que se insultaban a sus
madres y hermanas. Entonces pensé ¿Qué persona con sangre en las venas
permitiría que insulten el honor de la mujer que nos trajo al mundo? ¡Nadie! O
al menos yo no. Y por lo visto uno de ellos tampoco porque escuché ese
particular sonido seco y contundente de una trompada bien pegada. El que
recibió el golpe emitió un leve gemido y al parecer le devolvió la trompada. En
ese momento las voces se entremezclaron mucho y llegué a estar confundido hasta
que me di cuenta de que eran tres personas y no dos. ¿Dos contra uno? Eso es
injusto, mire por donde se lo mire. Me voy a tener que meter, pensé. Debería
emparejar la pelea. Elongué un poco mis cansados músculos, suspiré profundo y
salí de mi escondite quedando expuesto a tres metros de la trifulca. Traté de
tomar una postura intimidatoria y, cuando me preparé para decir con voz de
héroe, que lo dejen en paz... se me atoraron las palabras. ¡Eran tres contra
uno! Y lo tenían acorralado. Los abusones detuvieron la golpiza y me lanzaron
miradas desafiantes y hostiles.
-Seguí de largo amigo- Me dijo el más bajito.
A ese lo bajo de una- pensé.
-Ey ¿sos sordo? ¡Tomatelás!
Ése era más alto, pero bastante flacucho. Seguramente
con un buen gancho en la boca del estómago lo dejo fuera de combate.
-¿Qué te pasa? ¡¿Querés cobrar vos también?! -Me dijo
el gordo grandote mientras se me venía encima.
-No, no. Todo bien. -Dije extendiendo mis brazos para
intentar detenerlo.
El gordo por suerte se detuvo.
-Quería preguntarles si les hace falta una mano.
-Bromeé, forzando una leve sonrsisa. Pero nadie rió. -Sigo... derecho. -Les
dije con voz temblorosa. Miré a los ojos al pibe que estaban golpeando. Éste ni
siquiera dijo una palabra. Entonces agaché la cabeza y crucé la calle.
Caminé unos metros hasta que dejé de sentir sus
miradas en mi espalda. Esperé a escuchar algún golpe para cerciorarme de que
estén distraídos y me di vuelta. Estudié la situación y arremetí contra ellos
con un ataque Kamikaze.
¡Plumm! Fue el sonido del gordo al caer noqueado por
mi sorpresivo golpe en la mandíbula. Claro, primero tenía que sacarme de encima
al más grandote.
Los otros dos se sorprendieron, me miraron de forma
extraña y se me vinieron encima. El flaco alto me tiró un derechazo que esquivé
sin esfuerzo alguno, quedando su estómago como blanco perfecto para mi gancho
descalificador. No conforme con eso le doy un buen izquierdazo y lo hago morder
el cordón. El más petiso se había detenido luego de ver caer a su amigo, me
miró con el terror reflejado en sus ojos, y salió corriendo.
Soy un héroe, pensé inflando el pecho mientras lo veía
doblar la esquina. Después giro la cabeza y lo veo al pobre pibe levantarse muy
adolorido. Se limpió la sangre de la boca con el antebrazo. Y yo le pregunté.
- ¿Estás bien?
Y así nomás, de la nada, me dio un izquierdazo directo
a la mandíbula. Y todo se me puso negro.
Desperté algunas horas después en un hospital con un
terrible dolor en el mentón y en el lado izquierdo de la cabeza. Me preguntaba
qué había pasado. No recordaba nada. Recién luego de unos minutos recordé que
el pibe al cual había salvado de que le rompan la cabeza a trompadas era quién
me había noqueado. Se me llenó el culo de preguntas. ¿Por qué me había pegado
si lo acababa de salvar? ¡Es un desquiciado de mierda! ¿O acaso también será un
pelotudo que va por la vida en busca de una oportunidad para demostrar sus
dotes de boxeador?
martes, 23 de mayo de 2017
Las aventuras de "Pompeya"
Siendo una hormiga
más de la gran colonia de cemento llamada Buenos aires −o dicho en criollo:
siendo un infeliz laburante del barrio de Pompeya− jamás creí que me fuera
posible sentir amor por la mismísima madre naturaleza.
Mi atrofiada
conciencia, programada por un sistema materialista, solo se limitaba a creer en
el amor hacia un vehículo o, en su defecto, hacia una persona. Con estas
creencias andaba por la vida hasta que, un jueves cualquiera, me llego una
invitación con un boleto a la Patagonia. Por suerte era verano porque si no ni
en pedo me voy al sur a cagarme de frio.
Aunque el motivo de
aquella invitación no fuera razón para celebrar debo reconocer que me alegró
mucho ya que necesitaba un cambio de aire. Al fin y al cabo, Susana era una tía
lejana que ni siquiera, en mis 25 años de existencia, había conocido y por lo
tanto no merecía llevarse de mi ni una lágrima, ni siquiera un sollozo.
El viaje fue largo
pero provechoso ya que, con la mente despejada, pude darle otra oportunidad a Siddhartha,
libro con el cual meses atrás me dormí a la quinta página. Claro que ahora no
fue la excepción. Solo que ésta vez logré leer casi la mitad. ¡Provechosa
lectura! Me ayudó a darme cuenta que el problema no era el stress.
Ya en la ciudad de
el Chalten, saludé cortésmente a aquellos familiares que jamás en mi vida había
visto y de los cuales mis difuntos viejos prácticamente no me habían hablado. (Por
algo será ¿No?) Y haciendo un gran esfuerzo fingí estar afligido. Solo
imploraba para mis adentros que se conformen con mi falsa cara de perro
abandonado y que no esperen que derroche ni una lágrima en el duelo que
comenzaba en una hora.
Las siguientes
horas ni siquiera merecen la pena ser relatadas. Aunque en la vida de mis
parientes haya significado mucho mi presencia en el velorio de Susana, en la mía
fueron solo un relleno, minutos y minutos de recuerdos fácilmente olvidables.
Salvo por el
chistoso momento en el que un tío canoso me agradeció entre lágrimas por haber
ido. Fue difícil no exteriorizar lo que sentía. "¡Ja! Quedate tranquilo que si no me garpaban el viaje tiraba una
bomba de humo y desaparecía como un político después de haber cargado sus
arcas". Pero no tengo huevos. No soy tan hijo de puta. Mirá si les
digo eso y resulta que me pierdo parte de la herencia. En ese momento no sabía
que Susana era la tía más pobre que tenía. Por las dudas me dejé la careta
puesta.
Por cierto, tengo
serias dudas sobre si es común que en los velorios haya servicio de catering.
No sé si es una costumbre de ricachones o qué, pero si es así espero volver
pronto. ¡Muy rico todo!
Eran las ocho de
la noche cuando el bodrio se terminó. La tía pocha ...o chocha, yo que sé, me
acompañó hasta el cuarto de huéspedes de su lujosa casa y, formalismo va
formalismo viene, me deseó buenas noches, y creo que yo también.
¡Al fin solo! Igualmente,
no pensaba quedarme mucho tiempo en la habitación. Quién sabe si en uno de esos
casos a la tía Cocha se le ocurría golpearme la puerta para preguntarme si
necesitaba algo.
Entonces me di una
ducha, agarré una colcha para tirar en el pasto y salí a disfrutar de la
reinante calma de la Patagonia. Pasé por un almacén re concheto y compré unas
cervezas y unas bolsas de papas fritas. De más está decir que me rompieron el
orto con el precio. Pero bueno, con esto de los tarifazos uno se acostumbra.
Caminé y caminé en
dirección al lago. Desde lejos podía ver la luna reflejada en él. ¡Qué hermosura!
Qué bueno que es despejarse un poco y poder apreciar la belleza del cielo y del
lago en vez de admirar en la calle culos y tetas como si fueran una pintura de
Van Gogh. Jamás pensé que diría esto, pero bueno, será que la naturaleza me
sensibiliza... o tal vez me emputece, que se yo. Hasta el aire es diferente.
Caminé en busca de
un lugar en donde poder sentarme a tomar algo y observar la inmensidad del
paisaje. Entonces vi un brillo opaco cerca de la costa. Se trataba de una gran
roca que refractaba la luz de la luna. Aunque para mis ojos era nada menos que
un asiento en primera fila para observar el paisaje.
Tiré la colcha sobre
la roca y me puse cómodo. Abrí la primera lata y me relajé. Clima ideal, lugar
ideal, la noche fue perfecta salvo por los mosquitos. Por suerte había pocos así
que los dejé chupar un rato y después no me jodieron más.
Luego de bajarme
las papas fritas y el pack de cerveza antes de que se calienten me recosté y
obviamente me quedé dormido. Algunas horas más tarde me desperté con el feliz
cantar de los pajaritos en libertad. Estaba amaneciendo. Qué bueno que los
pungas no se van de vacaciones al sur sino ya me habrían afanado las
zapatillas.
Me paré para
estirar un poco las piernas y me recosté de nuevo para apreciar el amanecer
patagónico. Comencé a sentir un hormigueo en el pecho. Lo primero que pensé fue
"Si me da un infarto acá estoy en el
horno". Pero por suerte se trataba de ese sentimiento de paz que éste
paisaje hace nacer en mí. Ese sentimiento de paz que me ablanda el corazón y
hace que me crea un poeta rodeado de musas.
Los picos de las montañas que demarcan mi horizonte
fueron haciéndose cada vez más visibles a medida que la oscuridad iba cediendo
su dominio. Supe entonces que era el momento de decir un hola y un adiós.
Levanté la cabeza y, con una última y brillante mirada, me despedí de los
infinitos astros que bendecían la eternidad del cielo. La transición caló hondo
en mi pecho acelerándome el pulso y llenando de oxígeno mis pulmones. El lago,
el gran y helado espejo de luces comenzó a salpicarme con los primeros
destellos del sol. Los rayos comenzaron a adquirir volumen e intensidad. Ahora
me pegaban en la cara. Momento ideal para cerrar los ojos y dejar que el
corazón se ilumine con el calor del sol. Pasaron algunos minutos. Ahora el sol
imponía su gran cuerpo de fuego detrás de las montañas. La temperatura seguía
subiendo. Los rayos empezaron a quemarme y mi poeta interno se fue al carajo.
Hermoso amanecer.
¡Pero cómo pega el sol! Eso no quita que mi corazón se haya ablandado.
Ahora sí me
despido del todo y emprendo la vuelta a la casa de la tía Coca. En el camino
siento que los pájaros revolotean en torno a mí, que me siguen, que me cantan,
que agradecen mi presencia. Los miro complacido y les regalo una sonrisa. Esto
demuestra que la naturaleza no solo me sensibiliza, sino que además me vuelve
pelotudo.
Llego, abro la
puerta y me encuentro con la tía...Pocha. Le digo "Buen día tía Pocha" Y ella me dice buen día y después me
corrige. Igualmente, en seguida me olvidé si era Pocha, Tota o Coca. Me convida
unos mates y unos bizcochos. Yo le digo que me tengo que ir. Ella me dice que
el micro sale a las doce del mediodía. Entonces pienso en alguna excusa para
irme igual y no volver a verle la cara. Pero algo muy dentro de mí, en mi
tiernizado corazón me dice que me quede y charle con ella. Y no solo que me
quedé, sino que además hablamos por cuatro horas y encima de eso, no sé por qué,
en un momento me emocioné y terminé llorando en su hombro. Luego de eso me
despedí aliviado. Como si me hubiera sacado mil kilos de encima. Como si las
lágrimas que había llorado hubieran sido toxinas que envenenaban mi ser. ¡Prometo
nunca volver a olvidarme su nombre!
Estuve inmerso en
un estado de paz hasta que, al subir al micro, me golpeé la cabeza. “¡La reputa madre que lo parió! ¡Qué lugar
de mierda!” Puteé con énfasis logrando que se me caiga la careta. Y así, de
golpe, como si fuera un flash de un fotógrafo desconsiderado recordé con cierto
placer las palabras que me habían hecho quebrar: Luego de tres horas de charla
la tía me había dicho que otra de sus hermanas (la que sí tiene plata) estaba
muy enferma. Quedé en shock. No sabía qué decir, no soy bueno para esas cosas. Fue
ahí que, con mi mejor cara de perro abandonado y enjugando unas bien logradas
lágrimas, le dije "Hasta pronto tía
Lola, hasta pronto"
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